Ella caminaba hacia el parque, hacia “su” parque. Aunque mirándolo bien, había pocas cosas en su vida que no pudiera decirse que le pertenecieran a él.
Pero ella era libre, y eso nunca podría cambiarse; ella sería libre aunque él la metiera en veinte jaulas, y él tendría para siempre aprisionada el alma en la estela de su olor al alejarse, aunque nunca jamás volvieran a encontrarse.
No hay peor prisión que aquella de la que no se desea escapar.
Ese día soleado de diciembre caminaba sola por primera vez en mucho tiempo, ligera, sin el peso del cochecito infantil que hacía unos meses acostumbraba a empujar, distraída, por la nueva presencia de los sonidos que el traqueteo de las ruedecillas habituaba atenuar, pensativa, como siempre que pasaba por el barrio que había sido de ambos y ya no era de ninguno.
Él se estiraba en un banco cara al sol, como si su presencia fuera capaz de ocupar el parque entero, y tal vez podía, con el tobillo izquierdo anclado sobre la rodilla derecha y ambos brazos reclamando el respaldo completo.
Nada más distinguir su afilada silueta, ella ralentizó los pasos para evaluar sus posibles acciones: cruzar, frenar la marcha a su lado o seguir de largo. No puede decirse que no esperara verlo, ni que quisiera. Todas las sensaciones se le arremolinaban, alegre de encontrarlo, pero con la tristeza de años acumulada en la espalda y la ira de siglos apretándole las manos. Una mezcla de angustia y nerviosismo le revolvía el estómago y el corazón galopaba cada vez más deprisa, y los pasos, cada vez más lentos, y las lágrimas, cada vez más urgentes… y de pronto, sin saber cómo, se encontraba a su lado, de pie, callada, mirándolo desde el anonimato de sus gafas de sol de Versace.
Quería lanzarse a sus brazos y darle todos los besos que a nadie había dado, deshacerse en sus labios, como fulminada por un rayo que acabara para siempre con tantos pérfidos días de ausencia, merecido castigo por haber sido tan cruel y tan necia. Quería gritarle todas las cosas que él ya sabía, todas las razones que tenía para haber hecho lo que hizo, desnudarse allí mismo y enseñarle uno por uno todos los puntos que jamás dejarían de descoserse porque ella misma los abría de vez en cuando, porque prefería un cuerpo con heridas antes que un ánima inerte llena de cicatrices. Decirle que el dolor la ayudaba a seguir viva. Más que nada en el mundo, quería contarle que se buscó un amor pasajero y engendró un hijo para darle otro motivo a su existencia, aunque él fuera a reírse y a llamarla patética por eso.
Quería contarle que casi se mata olvidándolo y que la única manera que conoce para huir es hacia adelante. Que se subió al primer tren que pasó como alternativa a arrojarse a las vías. Que sabe que ha hecho bien.
Quería llorar un siglo entero y que él tuviera que verla, sin poder hacer más que estar obligado a contemplarla. Quería pegarle, o matarlo, o hacerle cualquier cosa que le pareciera equivalente a lo que había sentido.
Quería arrancarle la ropa y amarlo allí mismo hasta que a los dos se les quitara la rabia, arañarlo y morderlo y dejarse morder, hasta que la sangre de los dos se confundiera, hasta que la carne de los dos se desgastara y sus pieles tatuadas se amalgamasen envolviéndose en una inmensa pintura abstracta de grises, y luego acariciarlo, y después susurrarle palabras dulces, y olvidar que se habían hecho tanto daño el uno al otro.
Quería confesarle que gracias a tanto despropósito había conseguido tomar las mejores decisiones de su vida, y explicarle lo felices que eran ahora sus días, lo llenos que estaban de alegría, amor y realización, aunque se encontraran vacíos de él.
- Hola. - dijo por fin tras dos segundos eternos de cavilaciones.
Lo dijo bajito, y no estaba muy segura de si sonreía.
Todo aquél tiempo él la había estado mirando con el rabillo del ojo, forzándose a sí mismo a no volver la cabeza del todo para no descubrirse atento a su acercamiento. Ya se habían encontrado otras veces, ya había sido él quien pasara de largo y también quien apuró los pasos para no coincidir en la trayectoria del otro. Incluso una vez esperó media hora más el tren, llegando además tardísimo a una cita importante, sólo por no tener que compartir el transporte.
A pesar de no ver nada de lejos, ella siempre era capaz de distinguir su figura a grandes distancias, y él la suya. Se miraban, y ella alzaba la cabeza con altivez desafiante, escrutándolo de arriba abajo, aguardando sus movimientos como si esperara con el arco tenso a punto de lanzarle una flecha envenenada. Y siempre era él quien se marchaba.
Pero esta vez no saldría corriendo, si ella no detenía su avance, si no cruzaba ni variaba su camino, si decidía encontrárselo de frente, incluso si le dirigía la palabra, no sería él el que escapara, tal cual siempre había hecho, ya estaba cansado de tener que cederle el territorio como si fueran dos lobos y él hubiera perdido la batalla.
Justo en el momento en que ella alcanzaba su banco, él se levantó girándose hacia ella, sonrió, un poco por costumbre y ella, frenando, le devolvió la sonrisa, ¿por qué ella nunca parecía ponerse nerviosa?
-Hola – le espetó, como si acabaran de verse hacía media hora.
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