No tengo mucho más que legarte que la sangre de mis venas y el olor de este mar. Pero te prometo, hija mía, si dejas que te enseñe, que no te hará falta ninguna otra cosa.
Quería decirlo todo, y segura estoy de no haber sabido hacerlo. No obstante, hasta aqui, mis intentos... De pequeña, antes de escribir, ya anotaba todo en mi cabeza con perfectas frases redondas y pulidas. Más tarde, comprendí como hallar en el papel mis espejos, aprendí cómo adornar y esconder los objetos tras los versos, para dar nueva forma -acaso qué otra cosa hacen los poetas - a las mismas ideas de siempre. Crecí, y conmigo crecieron mis aspiraciones, y abandoné las letras convencida de que es absurdo "aggiornar" lo elemental, pues en su simplicidad se encuentra la verdadera belleza de la vida. He dejado de ponerle disfraces a las palabras, porque busco esa idea original que sé que sólo encontraré en la simpleza de lo obvio, acaso porque nunca vemos lo que tenemos delante. No sé si lo consiga... Sé que sabrán perdonarme la franqueza, jamás he sido amiga de eufemismos, tal vez los años me han agudizado la mirada - a la vez que me han ido robando la vista - y he conseguido aprender que la verdadera belleza se encuentra en las cosas cotidianas, en aquellas que no son misteriosas, ni atractivas, ni exóticas, ni nada, sino simplemente bonitas, como lo es una flor en el campo, tan perfecta que no hay adjetivos con los que adornarla.
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