jueves 23 de junio de 2011

Constanza (1 de noviembre de 2000 - 22 de junio de 2011)



Ayer al mediodía falleció mi mejor amiga; mi perrita Connie.
Cuántos me conocen saben lo que ha significado este ser querido en mi vida; lo que ella se ha llevado con su partida…

Es curioso cómo la vida te da y te quita de esta manera tan justa y a la vez irrefutable que a veces no somos capaces de comprender del todo. Sé que Connie me miraría con esos ojos suyos de ternura y sabiduría y me diría que con la muerte, lo único que puede hacerse es aceptarla. Luego me lamería el llanto y traería la pelota para jugar un rato.

¿Qué voy a hacer ahora sin ti?

Junto a ella he aprendido a ser adulta, he tomado mis decisiones y he cometido mis equivocaciones, y he ido metiendo y sacando nuestras vidas de diferentes países, casas y ciudades, y a veces he pasado varios meses sin ella, sin que jamás me hiciera ni un solo reproche, ni jamás supusiera desilusión alguna. Así fue siempre la dulce Connie, y quienes como yo la conocieron y apreciaron lo saben; feliz de seguir a mi lado, de volver a encontrarme si habíamos tenido que estar separadas, fuera dónde fuera y cómo fuese, inteligente, fuerte, cariñosa, vital, enorme… Ella supo divertirme con su alegría, lamerme las lágrimas que nadie me ha visto derramando, o simplemente acompañarme en silencio con una patita apoyada en mis piernas una tarde de lectura o la cabeza en mi barriga afanada en sentir los movimientos del bebé por nacer. Fue la más comprensiva de las compañeras, mi amiga incondicional y mi mayor apoyo, y me enseñó lo poco que sé acerca del amor y de la compasión.

No sé si yo se lo enseñé a ella o ella a mí, pero vivió su vida como quiso. No sólo acompañó mi existencia, sino que también supo guiar la de varias manadas de perritos, fueran o no sus hijos, que aprendieron de su ejemplo y su conducta; terca pero impecable. Era todo carácter. Muchos amigos decidieron tener un perro tras conocerla. Y sé que fue feliz.

Y así, generosa hasta en su muerte, un par de días antes de la fiesta de San Juan de 2011, la perrita que el día de las almas del 2000 había llegado al mundo, comenzó a marcharse, sin que pudiera hacerse más que acompañarla en la partida hacia el último de sus viajes. Así quiso irse Connie, sin darme molestias, aceptando instintivamente, como supo hacer siempre, la naturaleza de la vida. Enseñándome una vez más con su ejemplo la última de sus lecciones; Nos elegimos y anduvimos juntas, pero al final cada cual tiene su propio sendero. Y el amor, aunque haga la despedida dolorosa, es lo que le da verdadero significado a la experiencia.

Tengo un vívido recuerdo del día que la adopté y era sólo un bultito de pelo tibio que se ovillaba en el nido de mis manos (sabrá Dios por qué quise escogerla de entre aquella masa de hociquitos mojados). El señor que la entregó me dijo sonriendo que aquella cachorrita tenía mucha suerte. El gesto fue bonito, pero el hombre, no sabía muy bien lo que decía; EN VERDAD ERA YO LA AFORTUNADA.

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