miércoles 30 de septiembre de 2009

Preámbulo, jeroglífico y post-data.

Sólo para ti estas líneas sobre las que deslizar mis dedos de manzana; una estrofa perversa para jugar en ella a los vampiros. Sólo para ti un poema que no rima, un verso sin medidas, de una canción la letra, ¿cómo hacerla tan tuya que no quepan dudas?
A veces me asusta desbordarme y a veces contenerme.
Tendría que hablar de cosas que nadie conoce, sería un poema imposible de ser explicado sin ciertas improbables anotaciones biográficas. Pero tú sabes, y yo sé, que es tuyo, como mis pensamientos todos, como mis manos que nunca me consultan acerca de lo que escriben, como todo lo que nace y muere en tu presencia, en tu aprobación o tu silencio, en ese yo que ha comenzado a ser después de ti, y no sobreviviría ni un instante alejado. Tú sabes, y yo sé, que todos los cuentos comienzan contigo y cada poema termina en tu sonrisa.
No nos hacíamos falta y sin embargo, qué gris sería todo sin tu abrazo.


En el río de tu risa de niño, de tu acento de hombre,
de tus ojos de sueños,
las pequeñas frutas silvestres hallan el sustento que las hace más dulces y deseables.
Si nuestras almas se redimen con los besos,
déjame hallar la muerte, de la misma forma que tú la has enfrentado, y admitido.
Que hablen otros del amor, yo me reservo su goce.
Yo me guardo los atardeceres y las mejillas ruborizadas,
me guardo tu aliento, el corazón apretado de ansia,
y la alegría de la intimidad de este jeroglífico público.


Y me guardo la promesa de aprender a decir más a menudo lo importante y callar a su vez tanta referencia innecesaria.

sábado 19 de septiembre de 2009

Al Alba

En esta hora temprana,
que igual nos sorprende enlazados
que tejiendo sueños en voz alta,
quisiera abjurar de los dioses mundanos
y quedarme a tu lecho encadenada.

Quisiera que el mundo no nos reclamara,
que no hubiera timbres, teléfono, horarios,
quedarme en tu pecho acurrucada,
sin más credo que tu voz, más ley que tu abrazo.

Quisiera borrarme para el mundo entera,
hasta volver a ser tan solo una costilla,
y habitar en tu cuerpo así; sencilla,
tatuada, símbolo de entrega.

jueves 17 de septiembre de 2009

El Ajedrez; Primera parte de tres (o donde se cuentan los rencores de la familia Molina)

Alberto nunca se presentaba diciendo su apellido, ni siquiera cuando la formalidad de la ocasión lo requería. Se había ganado un sambenito de granuja y mujeriego entre el sexo opuesto, merecida reputación de persona inteligente y Don Juan entre sus colegas, y en general y de resto; fama de solitario sin pasado. Pero Alberto, sí que lo tenía…
Aunque hacían ya décadas que no volvía al pueblo, recordaba cada centímetro de esas polvorientas calles a la perfección. El camino de la casa de abuela a la iglesia, el balcón de Lola; testigo inamovible de sus primeros escarceos amorosos, de sus fatuos intentos de poemas en su más tierna pubertad, la venta de La Seca, el ventanuco del baño de la tía del Rubio, el camino empedrado que subía a la casa de su padre; la única casa que conservara todavía, la única cosa que unía su imaginario sentimental al de su progenie, lo único que Alberto había llamado hogar, el hogar, que ambos habían compartido con ella.
Estaba todo igual. Acaso menos altas las fachadas, algo más cortas las calles, pero igual, como siempre, como si el tiempo detuviera su andadura para los doscientos habitantes de Llano del Moro, ese pequeño tesoro manchego que su padre decidiera como última residencia, a pesar de haberse pasado la vida huyéndole. Y aún todo seguía demasiado lleno de las presencias femeninas que dibujaron su existencia.
Alberto observó un momento el edificio, la blancura agrisada de la cara de su vieja casa, los geranios secándose en las ventanas bajo ese atardecer que teñía con familiares penumbras los adoquines del suelo, y mirando a lo lejos, aún con la mano en la llave usurpadora de la quietud de la morada, cerró los ojos, y creyó escuchar el acelerado repiqueteo de sus zapatos de niña calle arriba a su encuentro: - ¡Espera, no cierres, no cierres Alberto!
Cesó en su fantasía entre conmovido e incómodo, y se conformó con penetrar en la casa vacía de su infancia, más obligado que verdaderamente decidido.
Dejó caer el bolso en el patio, cuyo sonido seco se apoderó de la silenciosa estancia casi tan rápido como la incipiente nocturnidad. Eran sin embargo luminosas las noches manchegas, especialmente como ésa, llena de luna, y un escalofrío recorrió su espalda al verse mecer la hamaca desocupada de su padre, donde casi podía verlo leyendo, con el sombrero aplastado a manera de almohada, a la luz de un candil ahora inerte. Abandonando el bolso a su suerte, regresó sobre sus pasos para cerrar la puerta por la que el viento solano, acostumbrado a vagar a sus anchas el pueblo, había entrado, y dio la luz en el salón, de pronto más pequeño que lo que lo recordaba, acaso por la cantidad de cajas apiladas sobre las sillas, la mesa y los sillones. En todas ellas, escrito a pulso con la terrible caligrafía de Juana, podía leerse “Isidro Molina, salón comedor” y una breve descripción del contenido. Una cierta quietud le sobrevino al suponer ya toda la casa embalada por Juana; la buena de Juana.
Dedicó unos minutos a pasearse entre las cajas observando las leyendas: “Cuadros”, “Fotos enmarcadas y Cortinas”, “Papeles”, “Cubertería”, “Libros”, “Vajilla”, “Cosas de África”.
Tomó ésta última invadido de felicidad infantil al pensar en el maravilloso ajedrez africano de la mesa de centro, recuerdo de uno de los muchos viajes de su padre al indómito continente. Al abrirla, bajo las fotos, cartas y adornos varios, halló el estuche azul de madera y el tablero, que sustrajo con renovado placer del embalaje. Sentado en el enorme butacón al que pocas veces tuvo acceso de niño, con el lustroso tablero delante de sí sobre la mesa, olfateó en el aire los olores cercanos, palpando el estuche con las yemas de los dedos como quien acaricia el envoltorio de un regalo ajeno, para por fin abrirlo liberando los aromas de la madera y el envejecido terciopelo que atesoraba las piezas. Uno a uno, fue colocando en sus respectivas posiciones a los guerreros de teka y marfil, hasta que hubo conformado por completo los terribles ejércitos zulúes que habitaran sus fantasías infantiles. Más de una vez, aunque muchas menos de las que presumía, el rey negro había dormido entre sus dedos el sueño de los justos, acurrucado al abrigo de sus sábanas, botín de guerra de su victoria sobre el tiránico ejército enemigo, cuyo general era casi siempre, ni más ni menos que Don Isidro; su padre.
Sentado ya en el suelo, con el mentón apoyado en un puño, y éste a su vez en la mesa, no quería dejar de observar las estilizadas figuras de su ajedrez favorito, acaso por miedo a perder de nuevo esa mirada inocente y expectante que los años le habían robado y algo allí parecía haberle devuelto. Sonrió, feliz pero triste, y decidió que mañana sería otro día, que no le quedaba tanto trabajo por delante, y que el ajedrez se marchaba con él a la ciudad pasase lo que pasase.
Bolso en mano subió las crujientes y empinadas escaleras, otrora montañas escaladas cuerda al hombro, con la que descolgarse atándola a la barandilla una vez conquistada la cima, sacó un juego de sábanas de la correspondiente caja “Isidro Molina, habitación, ropa de cama.” y se dispuso a dejar acabar el día, que había tenido ya una longitud exagerada.

Cuando bajó a desayunar Juana daba vueltas por la casa, canturreando.
- ¡Niño! Cómo te he echao de menos desgraciado, que tenga que pasar esto pa que te vea la cara… qué vergüenza, anda, ven que te prepare el desayuno que tenemos mucho trajín hoy antes de que vengan los de las mudanzas. Ya podíais haber venido al funeral alguno de los dos, que tuve que decir unas palabras y todo, yo que no soy nadie, y a tu hermana, que no se la ha visto el pelo, qué descaro, pero ven anda, que te pongo el desayuno que te veo mu ojeroso, ¿tú descansas?
- Ya lo has embalado todo, no sé ni para qué me necesitas.
- ¿Cómo que para qué? Pues pa que elijas, pa que veas lo que te llevas tú, lo que envías a la Ana, lo que se va al localillo, pa que compruebes que la casa está entera y me digas lo que ha dicho el abogado, que me llamó el otro día y me dijo chorrá de cosas, y tú sabes que de todo eso yo no entiendo ni jota.
- Ana hace mucho tiempo que no habla con nadie, no sé si el abogado halla hablado con ella. Yo voy a llevarme el ajedrez, tú coge lo que quieras y el resto al localillo. Los muebles los dejamos y se venden con la casa, que de todo ello se encargarán los letrados. El coche es para ti, y hay un dinero, deberías acercarte a la ciudad a firmarlo todo, yo he venido en tren, así que si quieres vamos en el mercedes y ya te lo traes tuyo.
- Uy! Dónde va a parar… ¿y qué hago yo aquí con ese coche? No sé, no sé, y dinero no quiero, que de eso nada es mío, que eso es pa ti y pa tu hermana.
- Mira Juana, yo no te voy a estar convenciendo de que te quedes con nada, si mi padre ha juzgado prudente dejarte algo, no hay nada más que hacer por tu parte o la mía que aceptarlo, más allá de que creo que si no te lo ha dejado todo es porque la ley no se lo ha permitido. Si no quieres el coche lo vendes y punto.
- Yo jamás le pedí nada y tú lo sabes.
- Que sí Juana, pero si a mí me da lo mismo. Quédate tranquila, que me consta que no eres una mujer interesada.
- Todo lo que dejó lo cambiaría por que siguiera a nuestro lado.
- A tu lado, será.
- ¡Pues eso, a mi lado coño!, que no tienes ni un poco de cariño pa tu padre muerto, ¡joer, ni tú ni tu hermana!, que no quería ponerme borde Alberto, pero es lo que hay, y lo que pienso.
- No pasa nada Juana, de verdad, gracias por todo.
Cuando tocaron al timbre los porteadores, Alberto se hallaba en el salón dispuesto a devolver a los zulúes a la aterciopelada tumba de la que rescatara sus cuerpos la noche anterior. Le llamó la atención la disposición de las piezas, que si bien todavía ocupaban las mismas cuatro filas en las que Alberto las colocara, se hallaban ahora en un orden completamente arbitrario a sus ojos.
- ¡¿Tú has movido las piezas limpiando, o algo?!
Juana, que se encontraba enfrascada en una lucha titánica con el que parecía el cacique de la pequeña cuadrilla enviada junto al camión de mudanzas, que incluía, entre otras cosas, soltar los peores improperios que se le ocurrieran, gritar en la altísima voz a la que tenía a todo el pueblo acostumbrado y golpear las cajas más frágiles con el abanico, al tiempo que insultaba al personal por no cargar los bultos con el necesario cuidado, avistando a Alberto por encima de una de las cajas y aún por sobre el hombro del mocetón que la portaba, gritó:
-¡¿Quéee?!
- ¡Nada, despreocúpate!
Y dicho esto, Alberto se encaminó con el ajedrez al coche, no fuera a ser que por equivocación se llevaran lo único que tenía verdadero interés en conservar.

Casi anochecía nuevamente cuando Alberto, liberado ya de las ocupaciones de esa larguísima semana, puso los pies en su ático. Benditos el aroma de sus muebles, el silencio de su soledad, el orden de su castillo, la quietud de la luz de la luna llena desbordando las estancias a través de las enormes cristaleras. Sin encender la luz, pensando aún en todo lo acontecido durante aquella semana de locos, se encaminó taciturno, meneando el vaso repleto de hielos tintineantes, mientras estiraba pausadamente el nudo de la corbata, hacia la terraza.
Alberto no hubiera podido vivir jamás en una casa sin terraza, en un lugar desde el que no sintiera que podía estirar el brazo y acariciar la noche, como quien aprieta con la palma abierta el colchón para sentir la blandura y suavidad del cobertor.
Se había quedado pensando en Juana, en su padre y en Juana, mejor dicho, y en porqué un hombre con la educación y fortuna de Don Isidro Molina padre volvía al pueblo de su niñez para terminar sus días con una mujer inculta y sencilla a la que jamás dio su sitio y que ni siquiera compartió nunca su almohada. Siempre fue “la querida” y a nadie le importaba; era el orden natural de las cosas, una mujer como ella no podía ser señora de ninguna casa respetable, ni mucho menos la madre de esos salvajemente malcriados mocosos que fueron Isidro hijo, Alberto y su hermana.
Ana siempre la odió. No porque todos supieran que su padre se refugiaba en su escote cada vez que su madre se marchaba a París con ataques de nostalgia, ni siquiera porque pretendiera educarla, ella, que no tenía más educación que las gallinas que cacareaban escandalosamente en el patio de atrás, ésas mismas con las que tanto se divertía comparándola, sino por la asquerosa sumisión con la que respondía a todas y cada una de las exigencias de su padre, un padre que Ana se pasó la vida contradiciendo hasta que tuvo potestad para marcharse lejos y no volver nunca, un padre egoísta y altanero cuya voluntad era el único baremo para medir las decisiones, un padre culpable del abandono de su madre, de la muerte de Isidro en África, de su propia huída hacia Francia y consecuente abandono de Alberto, Albertito; su adorado niño feliz.
Alberto acabó su copa recostado en la tumbona de mimbre, meciéndose entre el zumbido lejano del tráfico y sus propios pensamientos, y regresó a la estancia principal donde esta vez sí encendió la luz, para, tras un oteo rápido en busca del pedestal más apropiado a su recién adquirida herencia, abrir el bolso y liberar a los zulúes, otra vez infantilmente alegre, sobre la mesita de café.
Le gustaba que las figuras fueran distintas para cada ejército; las blancas, de puntiagudos rostros de marfil y cuerpos cuadrados, radicalmente diferentes en peso y forma de las negras; talladas, presuntamente a mano, en delgada y pulida teka. Los reyes se miraban y también las reinas, los alfiles, altaneros, apuntaban a sus señores con un soslayado desdén deslizando por los hombros, los caballos, que en el ejército negro eran camellos, se encabritaban ante la mera vista del ejército enemigo, las torres se erguían sólidas y temibles, y los peones, lanzaban gritos de guerra desafiantes blandiendo y agitando lanzas y estandartes.
Tras contemplar por un instante la opulencia de su soberbia guerra privada, Alberto se decidió a entregarse por fin al sueño, a fin de levantarse una hora más temprano al día siguiente y comenzar con su prometida rutina de ejercicios matinales en el parque, motivo por el cual, a fin de cuentas, había resuelto mudarse allí, ese mismo día hacía seis meses.

lunes 24 de agosto de 2009

Ellos

Él permaneció de pie junto a las jardineras, observándola alejarse. Ella se giró, sonriendo con la misma sonrisa estéril y vencida que últimamente no paraba de dedicarle, para agitar nerviosamente la mano y dirigirse a su casa, convencida de que ésa era la última vez que se verían. No puedo ayudarle.

Fue entonces cuando a él le sobrevino la tristeza. Finalizados esos días vacacionales que tampoco llegó a disfrutar a plenitud, acosado como estaba por el fantasmal augurio del próximo infortunio, sintió allí mismo, en esa esquina que ni siquiera le era familiar, que un pánico sordo y repentino lo tenía esclavizado y como inerte, paralizado por una sensación mezcla de hastío e impotencia, por ese destino repentinamente cebado con su suerte. Todos los golpes juntos, como una lluvia de balas que le atravesaba el cuerpo, y ella alejándose, y él incapaz de sonreír, o de llamarla otra vez para decirle nada, o de correr a su encuentro y llevársela y labrarla hasta perder en su cuerpo parte de sí mismo, de dejarla beberse a horcajadas toda la angustia de sus poros, de besarla robándole el aliento hasta que ella derramara todas sus lágrimas, o exhalara todos sus suspiros; redentora exquisita, que se marchaba creyéndose inútil.

Él, que en aras de la libertad y la autodeterminación había vencido siempre todas sus batallas, no era más que un simple presidiario por culpa de este nuevo, invisible, poderoso enemigo, que amenazaba ganarle esta guerra a fuerza de incomunicarlo, sin provisiones, abrigo ni aliados, en el frío de su propia existencia.

Hubiera querido decirle que huyeran, que se lo llevara a cualquier lugar extraño donde aún no tuvieran las pieles tatuadas, donde pudieran sonreír sin amargura, donde no doliera mirarse a los ojos, pero en lugar de eso, se quedó parado, observándola alejarse, sabiéndola perdida, sin decir nada. Bajó los brazos y resopló vencido, con todas las ganas anudadas en la boca del estómago y nada de fuerza en esas manos que otrora la hubieran sostenido en el ojo mismo de un huracán sin ayuda. Él, se limitó a girar sobre si mismo y comenzar su andadura, sin ni siquiera el ánimo suficiente para permitirse lamentar lo sucedido. Todo daba igual, incluso lo que importaba daba igual.

No la vio, pero ella corría a su encuentro. Halló sus pasos gastados no muy lejos de aquella esquina y tomó la mano de él entre las suyas. Sin grandes gestos ni detener su marcha, él ladeó la cabeza hacia ella para mirarse en sus iris sinceros e interrogantes.

-Mejor si no te importa te acompaño –dijo ella.

Y ellos; los dos, se marcharon calle abajo.

viernes 17 de julio de 2009

Algo que no escribí yo.

Un pícaro relato que escribieron para mí una tarde, en un papel de cartas de hotel, como regalo de despedida. No es que sea una obra maestra de la literatura, y además, está lleno de cosas que pertenecen a escenas cotidianas de nuestra intimidad y que no es posible comprender del todo para quien no conoce nuestra historia, pero me gusta mucho mucho, y me apetece colgarlo aqui hoy.


"Me alegra tanto que hallas venido, me alegra tanto haberte conocido. Me alegra tanto que te asomes al mundo, que no al abismo, sin cuerda. Eso es para los cobardes, para los necios, para los que no se alegran por nada. Se está preparando el mundo para tu llegada, y yo lo disfrutaré desde la superficie. Esta pequeña tontería, y un beso, sólo para tí...

Se desató la locura en el país de la Nada. Vivíamos como vivíamos; sin hacer nada, sin pensar en nada. Nos decantábamos incluso por la gramática y la sintáxis; piscina y mar, porque allí se nada. Siempre nos dábamos las gracias, por contestar de nada. Si discutíamos, lo hacíamos de forma enconada. Así estábamos; nada de nada.
Pero llegó ella, como de la nada.
Los hombres del país de la Nada, observaban como ella, desde su soledad, movía sus caderas en cada paseo, y notaron como entre sus piernas se abría una propuesta a la alegría. Por otra parte, nuestras mujeres, del grupo más radical de la nadería, sintieron como debajo del pecho, sus corazones comenzaron a latir por primera vez sinceros, por rabia, pero a toda máquina. El otro grupo de mujeres dilataban sus pupilas y se humedecían los labios; sus hombres, por fin, dejaban de tener nada entre las piernas.
El grupo de ancianos descubrió los adjetivos; ¡guapa, hermosa, preciosa!...
El mayor de todos gustaba decirle Reina Mora.
En este país apenas se alcanzan los cuarenta años de edad, total, para qué más, ya se imaginarán la respuesta...
Ella, con su soledad y sus curvas, hizo más entretenidas las autopistas, que hasta entonces solo tenían rectas. Y así, el país de la Nada, comenzó a enloquecer con la llegada de la joven extranjera. Hasta los perros dejaron de labrar los campos y comenzaron a guiar a los ciegos, y a eso me dedico yo ahora. También yo era un poco extraño allá, me parezco bastante a mis compañeros pero tengo el pelo largo, soy un golden retriever, y además, tengo nombre de mujer; Tosca. Ella me enseñó como guiar a los demás sin perder la cabeza en el intento. Me tiene adoptado, me saca a pasear cuando no trabajo, me instruye en eso de las constelaciones, y yo le ladro que no todas las estrellas le guiñan, algunas, perplejas, la miran sin parpadear y así se convierten en planetas. Me gusta sentir que la quieren tanto. Tanto que el país de la Nada es ahora el país de Todo es posible. En eso coincido con el mayor de los ancianos:
- Esta niña es tan real que no puede ser de este mundo.
Yo le ladro de alegría al viejo cuando dice eso, y él, con su gesto, parece desafiar las reglas, y querer vivir eternamente.
Un consejo final:
Si la ves pasar, espera su milagro."


Bonito,¿no?

jueves 9 de julio de 2009

Repaso

Por escribir todo lo que sentía, esas letras, las mismas que otrora sangraran entre sus dedos, se hallaban reducidas a tinta muerta y ya no eran más que frases bonitas. Algunos versos traían dulces recuerdos, pero la mayoría, aquellos que nacieron borrosos de llanto, habían desgastado su emoción y no sentía nada. Los poemas se habían quedado todas las pasiones, y ella sólo atesoraba lo que había callado.

lunes 29 de junio de 2009

Prohibido Enamorarse

Me has pedido que escriba un cuento breve sobre nosotros, o un relato, o algo. Una síntesis, has dicho. No sé si sabré hacerlo, hace mucho que no escribo nada por encargo, creo que por eso lo comienzo así; fácil, en plan carta. ¿Recuerdas que siempre te nombro la película ésa en la que el protagonista sostiene largas conversaciones con la muerte y el tiempo? Pensando en ella me gusta imaginarme que tú eres el diablo, y que ahora mantenemos un pacto oscuro y secreto, y que ostento un poder que nadie conoce, que me ha hecho dueña del mundo y esclava de tus ojos.Los dos sabemos que es mentira, ninguno sabría ni querría esclavizar al otro, pero qué apasionante imaginarlo...
Ahí va mi relato, espero que te guste:

No recuerdo su nombre, sería un nombre normal, algo así como Antonio. Se acodaba en la barra del bar con una mezcla de fastidio y magnetismo en la mirada, como si tratara de atraer hacia sí algo que valiese la pena de entre aquella masa de escotes ordinarios y sonrisas alcohólicas.
-Prohibido enamorarse.
Lo dijo para sí mismo, casi como un halago a mi persona, en el fondo me molestó que pensara que me gustaría una frase tan obvia.
Me gustó la frase.
¿Físicamente? Bueno, se parecía un poco a los personajes malos de mis novelas, ésos que siempre son mis favoritos, ya sabes; altos, morenos, inquietantes.Por dentro era un caballero andante, un alquimista dueño de las llaves de las alcobas de todas las reinas, un Peter Pan con la bolsa llena de polvos mágicos con los que volar muy alto, uno como ésos, ya sabes, de los que siempre me enamoro.Pero prohibido enamorarse.¿Cuánto duró?¿Y acaso importa?¿Por qué tenemos que estar siempre midiendo la importancia o la veracidad de las cosas con fracciones de tiempo?¿Sabes qué fue importante? Fue verdadero.Y me alegra no morirme sin haberlo hecho.Y además, ahora tengo un poder oscuro que me hace dueña del mundo y de sus besos, aunque sean sólo unos pocos de sus besos.
Sí, sí que estaba casado, con una mujer que tenía todo aquello que aprendí después a fuerza de ser mala chica y sin tomar la sopa.No, la verdad es que no fue nada bueno conmigo.Tal vez fue mi culpa por forzar tanto las cosas, por empeñarme en sacar hacia afuera aquello que apenas intuía desde la superficie.Y qué buena soy intuyendo...
Qué rabia me doy, siempre hago lo mismo, me empeño en llegar al fondo del abismo para luego darme cuenta de que he bajado sin cuerda.¿Por qué me gustará tanto empeñarme en el amor?
Qué prototípica.Y yo quería despedirme bien y él no me dejó.
¿Sabes?Iba a ser una buena aventura, divertida y con caducidad, de ésas de hacerse amigos y luego vernos mucho tiempo después y acordarse y reírnos, de ésas de alegrarse sabiendo cómo le ha ido y enviarnos postales en determinadas fechas.Iba a ser todo eso y no lo fue, porque yo no quise y él me dejó empeñarme (que no enamorarme), y no ha sabido ser bueno y hacerme de diablo, y dejarme sola y conforme con mi aventura caduca y mis sueños intactos.
Me dijo que mi misión es encontrar determinadas cosas y enseñarle a los demás que están ahí. Supongo que quiso decir que veo cosas que los demás no pueden o no quieren ver.
A veces, preferiría una vista menos larga.
No, no volvimos a vernos."